domingo, 1 de julio de 2018

La guerra de los mundos


“De algún modo uno termina dedicándose a la ficción
 por que tiene un problema con la realidad.”
Luis Noriega (Arcadia No 152 mayo junio de 2018)




A finales de octubre de 1938 el cineasta y libretista americano Orson Wells adaptó para el lenguaje y la audiencia de radio de Estados Unidos el clásico de ficción La Guerra de los mundos, en el que un ejército de alienígenas invadía la nación. Desde el Estudio Uno de la Columbia Broadcasting en Nueva York, el mismo Wells apoyado en la compañía de teatro Mercury se tomaba los micrófonos con vigor y dramatismo y pese a que cada tanto se le aclaraba a la gran audiencia que era una actuación producto de la ficción, el pánico se sembró en los espectadores, quienes empezaron a divagar entre la realidad y la mentira.

En octubre del año 2001, un mes después del atentado terrorista que destruyó el corazón financiero de los Estados Unidos con la caída de las torres gemelas provocada por Al Qaeda, se produjo una explosión en Riohacha que dejó en penumbras la ciudad, por una falla en la red del gasoducto que suministra este hidrocarburo desde la plataforma Ballenas en La Guajira hacia el resto de ciudades de la costa. Las emisoras enlazadas avanzada la noche dieron paso a la voz de la alcaldesa de la época pretendiendo tranquilizar a una ciudadanía determinada por el pánico y la angustia, con el convencimiento general, de un atentado similar al de Nueva York.

Tanto en el primer caso como en el segundo, no fueron mediados por el alto impacto de las redes sociales como en el presente. Las nuevas tecnologías eran un relato de series como los “Supersonicos” inverosímil para las generaciones de finales del milenio. A inicios del año 2000 apenas despuntaban las comunicaciones vía celular y la masificación de la información era potestad absoluta de los medios tradicionales como la radio, la televisión y los periódicos.

Hoy cualquiera de estos dos sucesos se hubiera sometido a la contradicción asexuada de las cadenas y noticias falsas, a tal punto que cada individuo resolvería con el colador de su incertidumbre con que cara de la moneda se queda: con la que contenga más evidencias y posea el sello de una voz oficial o con las certidumbres de su propio afecto, el convencimiento de su faro ideológico o  decidiendo en el breve instante de su vida que poco importa que el mundo se derrumbe bajo su dedo en el chat.

Los alienígenas que recientemente nos invadieron provienen de Venezuela. Unos 70 mil deambulan por La Guajira y unos 130 mil en el resto de la costa. Ellos son portadores de un virus perverso que han denominado “castro chavismo”, que terminó aterrorizando a toda la población y pese a que en La Guajira el 47.9 por ciento de sus habitantes están afectados por indicadores de pobreza multidimensional, es decir, cerca de 400 mil guajiros carecen de oportunidades de estudio, vivienda, agua potable y otros aspectos cifrados que la sepultan en el sótano del país, se volvió más verosímil creer que la pobreza importada como virus por ciudadanos vecinos en desgracia, terminaría por infectar todo el territorio de la península y el país y por ello había que protegerse, blindándose electoralmente.  

Curiosamente estas cifras de movilidad que amenazan el ADN del nacionalismo se asemejan al escenario de crisis en tiempos del desplazamiento masivo inducido por la guerra en los años del repliegue paramilitar y consolidación de las guerrillas. El miedo imponía su agenda política y alcaldías y gobernaciones se alzaron con la bandera de las armas, el terror y la sangre.

Un libreto que cumple 200 años drenando réditos de una polarización entre iguales que ha hecho del miedo un discurso para repartirse el poder a costilla de un acobardado tercero excluido; un teatro que se traduce en tragedia sumaria de niños muertos de hambre, en alteración del medio ambiente en favor de los intereses de las mineras, en pueblos sin agua y sin alcantarillado, en colegios sin profesores y cuyos estudiantes persiguen escolarizándose el único alimento del día. Pero no, esto no es Venezuela, no obstante, el temor de convertirse en el país de Chávez y de Bolívar, es tan fuerte y nítido, que elige presidente. 

Publicado en Diario del Norte en junio de 2018 y en el portal web Guajirapress


 


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