“De algún modo uno termina
dedicándose a la ficción
por que tiene un problema con la realidad.”
Luis Noriega (Arcadia No
152 mayo junio de 2018)
A
finales de octubre de 1938 el cineasta y libretista americano Orson Wells
adaptó para el lenguaje y la audiencia de radio de Estados Unidos el clásico de
ficción La Guerra de los mundos, en
el que un ejército de alienígenas invadía la nación. Desde el Estudio Uno de la
Columbia Broadcasting en Nueva York, el mismo Wells apoyado en la compañía de
teatro Mercury se tomaba los micrófonos con vigor y dramatismo y pese a que
cada tanto se le aclaraba a la gran audiencia que era una actuación producto de
la ficción, el pánico se sembró en los espectadores, quienes empezaron a
divagar entre la realidad y la mentira.
En
octubre del año 2001, un mes después del atentado terrorista que destruyó el
corazón financiero de los Estados Unidos con la caída de las torres gemelas
provocada por Al Qaeda, se produjo una explosión en Riohacha que dejó en
penumbras la ciudad, por una falla en la red del gasoducto que suministra este
hidrocarburo desde la plataforma Ballenas en La Guajira hacia el resto de
ciudades de la costa. Las emisoras enlazadas avanzada la noche dieron paso a la
voz de la alcaldesa de la época pretendiendo tranquilizar a una ciudadanía
determinada por el pánico y la angustia, con el convencimiento general, de un
atentado similar al de Nueva York.
Tanto
en el primer caso como en el segundo, no fueron mediados por el alto impacto de
las redes sociales como en el presente. Las nuevas tecnologías eran un relato
de series como los “Supersonicos”
inverosímil para las generaciones de finales del milenio. A inicios del año
2000 apenas despuntaban las comunicaciones vía celular y la masificación de la
información era potestad absoluta de los medios tradicionales como la radio, la
televisión y los periódicos.
Hoy
cualquiera de estos dos sucesos se hubiera sometido a la contradicción asexuada
de las cadenas y noticias falsas, a tal punto que cada individuo resolvería con
el colador de su incertidumbre con que cara de la moneda se queda: con la que
contenga más evidencias y posea el sello de una voz oficial o con las
certidumbres de su propio afecto, el convencimiento de su faro ideológico
o decidiendo en el breve instante de su
vida que poco importa que el mundo se derrumbe bajo su dedo en el chat.
Los
alienígenas que recientemente nos invadieron provienen de Venezuela. Unos 70
mil deambulan por La Guajira y unos 130 mil en el resto de la costa. Ellos son
portadores de un virus perverso que han denominado “castro chavismo”, que
terminó aterrorizando a toda la población y pese a que en La Guajira el 47.9
por ciento de sus habitantes están afectados por indicadores de pobreza
multidimensional, es decir, cerca de 400 mil guajiros carecen de oportunidades
de estudio, vivienda, agua potable y otros aspectos cifrados que la sepultan en
el sótano del país, se volvió más verosímil creer que la pobreza importada como
virus por ciudadanos vecinos en desgracia, terminaría por infectar todo el
territorio de la península y el país y por ello había que protegerse,
blindándose electoralmente.
Curiosamente
estas cifras de movilidad que amenazan el ADN del nacionalismo se asemejan al escenario
de crisis en tiempos del desplazamiento masivo inducido por la guerra en los
años del repliegue paramilitar y consolidación de las guerrillas. El miedo
imponía su agenda política y alcaldías y gobernaciones se alzaron con la
bandera de las armas, el terror y la sangre.
Un
libreto que cumple 200 años drenando réditos de una polarización entre iguales
que ha hecho del miedo un discurso para repartirse el poder a costilla de un acobardado
tercero excluido; un teatro que se traduce en tragedia sumaria de niños muertos
de hambre, en alteración del medio ambiente en favor de los intereses de las
mineras, en pueblos sin agua y sin alcantarillado, en colegios sin profesores y
cuyos estudiantes persiguen escolarizándose el único alimento del día. Pero no,
esto no es Venezuela, no obstante, el temor de convertirse en el país de Chávez
y de Bolívar, es tan fuerte y nítido, que elige presidente.
Publicado en Diario del Norte en junio de 2018 y en el portal web Guajirapress

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