El título de esta columna es tomado de una novela
ganadora del premio Pulitzer en 1981 y de autoría del novelista John Kennedy
Toole. Escritor brillante que trató por diversos medios que las editoriales
publicaran esta, su obra cumbre, acumulando años de intentos fallidos. Gracias
a la persistencia de su madre, años después, la obra salió a la luz pública.
Dibuja y caracteriza el autor a un personaje
anacrónico, testarudo y fanfarrón que sueña con un modo de vida medieval;
apropiado de un concepto de realidad particular que le hace pensar que es un
incomprendido de la humanidad y que el resto de la sociedad conspira en su
contra en una especie de conjura de necios. Ignatius J. Reilly obeso y glotón a
sus 36 años aun vive bajo la dependencia de su madre, una anciana pensionada que
soporta hasta límites insospechados la patanería y desconsideración de su único
hijo.
El personaje se jura mártir mientras fracasa adrede en
cada intento de conseguir trabajo. Es despedido una y otra vez mientras acumula
en un diario reflexiones que jura cambiaran el rumbo de la humanidad.
Aquí faltó el peso para el centavo. No se buscaba en
el tarjetón al candidato que iba a ganar, no había con quien legitimar un
acuerdo por los votos; como Ignatius se concibe una retórica política, cuya
ideología es la desmesura. Es en esta escena social del nuevo milenio donde se
vuelve un riesgo consultar al ciudadano si es su voluntad que sus dirigentes no
le roben y que la política se vuelva una practica digna y ejercida por los
mejores hombres y mujeres.
Once millones de colombianos de los 36 habilitados
para votar salieron a las urnas sin transporte, sin estimulo, sin los 50 mil
pesos, sin el tamal y sin ningún tipo de incentivo compensatorio, pero no fue
suficiente. En La Guajira solo un 12 por ciento de sus ciudadanos se
movilizaron en la consulta anticorrupción, los resultados se quedaron en el sótano de la
ignominia, a pesar de que media docena de sus gobernadores han sido
judicializados por problemas asociados a la falta de ética y legalidad en el
manejo de lo público y que el alcalde de la capital mantiene a la ciudad
congelada bajo su condición subjudice. La región sigue soportando, como la mamá
de Ignatius.
Cita Juan Carlos Monedero en su libro Curso Urgente de política para gente decente
que Dios existe cuando lo nombras y la democracia, cuando la convocas. La
Guajira y su capital subvierten esta tesis. Aquí se expresa una noción de
indiferencia casi absoluta sobre temas que concitan el interés colectivo. Los
resultados del pasado domingo no son una muestra más de abstención deliberada;
es la confirmación de que la decisión de
concurrir a las urnas solo la motiva un materializado individualismo con
respecto a las necesidades y problemas sociales.
No nos interesa que tanto está calificado un dirigente
para el manejo de lo público, no nos importa que nos roben o se de destinación
indebida a los recursos de todos, sino que las decisiones que se tomen sirvan a
nuestros intereses íntimos, porque
creemos que el bien común y los derechos que nos asisten sobre lo
público no existen. Seguimos
resignificando la noción de “pueblo” en la porción de Ignatius que habita en
nuestro relato de lo social y de lo colectivo.
En esta alteración del orden una consulta
anticorrupción es una conjura de necios, un manifiesto de tartufos a los que se
les seguirá derrotando en las urnas, como debe ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario