miércoles, 28 de noviembre de 2012

La vida en un Junguito…



“…sentado con las autoridades indígenas de Media Luna les contamos cuales son los beneficios que van a obtener como la primera zona libre de pobreza en La Guajira. Estamos comprometidos en asegurar el crecimiento social y económico de los pobladores de esa región”

Palabras de Roberto Junguito Pombo, Presidente del Cerrejon en rueda de prensa luego de su intervención en el 4 encuentro del sector social del Caribe Colombiano en Riohacha, agosto 16 de 2012


Después de escuchar al Presidente del Cerrejón hablar sobre la calidad de vida y los problemas resueltos de la gente en Media Luna, en una improvisada rueda de prensa saliendo de un encuentro regional que analizaba los índices de pobreza en la costa, se me antojo pensar cuanto había de verdad en la vida según Junguito. Aprovechando que en Arrutkajui comunidad indígena wayuu que es como una mortadela entre dos panes, ubicada en medio del  Parque eólico Jepirachi y Puerto Bolívar, tengo un ahijado, hijo de Angélica Epieyú que a su vez es la hija mayor de Guayuchon Epieyu, la autoridad tradicional que rige para las 25 casas que persisten en la pobreza, decidí visitarla con el animo de conocer en confianza la otra verdad de la responsabilidad social empresarial.

Habían llegado rumores por todas partes de un alzamiento y un bloqueo de la vía férrea a la altura del cruce de Media Luna en la vía que conduce al Cabo de la Vela pasando por el Parque eólico, al llegar al sector aun se observa los residuos del hollín de las llantas quemadas y una valla inmensa de mas carbón para el mundo, cambiada por un grafiti en negro que reza “Carbón para el mundo, miseria y contaminación en Media Luna”.

Media Luna es un corregimiento del municipio de Uribia distante unas dos horas de la capital indígena en una vía no asfaltada que corre paralela a la vía férrea, esta integrada por 13 comunidades que promedian los 1200 habitantes. En ellas se percibe y respira la mayor desigualdad de la minería extractiva. Al preguntarle a mi comadre sobre como estaba haciendo, su respuesta es casi un milagro de la vida, ella y sus 5 hijos viven solos después del abandono se su marido y se sostienen con las artesanías que elabora y vende a los turistas que en su paso para el Cabo de la Vela llegan al parador construido por EPM para la atención a visitantes en la puerta de entrada a Jepirachi. “vendemos en el parque eólico por que con el cerrejón no tenemos confianza”, afirma con resolución y desencanto.

Angélica dueña ancestral del territorio a través del cual parten 32 millones de toneladas anuales de carbón se siente como en una especie de gueto cuando su hijo de 10 años tiene que caminar 2 kilómetros para llegar a la escuela de kamushiwou, la misma que le ha dado la vuelta al mundo como ejemplo de cumplimiento y compensación de la riqueza generada por la minería y cuando sus ojos se posan en los grandes barcos parqueados esperando turno para cargar, sus oídos acostumbrados al paso de la locomotora día y noche, al golpe de las aspas de los aerogeneradores gozando del viento en el día a día de la explotación, se pregunta uno: riqueza para quien o para que?

30 años después de la explotación casi que ininterrumpida del carbón de los wayuu y de la Guajira las comunidades de Arrutkajui, Kasiwolin y todas las de Media Luna no tienen energía eléctrica, algunos comparten el consumo de agua de los jagueyes con los animales, siguen ellos junto a sus chivos, perdiendo la vida atropellados por el tren, los niños con cadenas hechas en tela se atraviesan en la carretera para pedir peaje. Esto último es casi un impuesto por transito, que lo pagamos todos con gusto, pero el Cerrejón se resiste a  hacerlo.

Al preguntarle a mi comadre sobre la protesta termino por concluir otra realidad del impacto de la gestión social de la empresa minera,  la honda fractura en el relacionamiento de pueblos hermanados por el territorio y divididos hoy por  el concepto de área de influencia directa, que circunscribe beneficios a las comunidades inmediatas de las mallas norte y sur de Puerto Bolívar y excluye a comunidades como la de Angélica, ubicadas a dos kilómetros del complejo carbonífero. Sus impresiones responden a la lógica,  que la gente de Media Luna extranjeriza a sus vecinos por considerarlos intrusos en la mecánica de la negociación con los “funcionarios” de la multinacional, actores diligentes de los resultados para la propaganda.       

Mientras tanto, la verdadera locomotora se teje entre las bambalinas del alto gobierno y los ejecutivos mayores de la minera en cuya agenda oculta esta resuelta la suerte del Rancheria, una nueva autopista para el tren en territorio guajiro que ya no se sabe si es de los wayuu, el ensanchamiento del puerto y las migajas que seguirán haciendo perpetua la miseria de las comunidades mientras transcurren el tiempo que le queda al cerrejón de seguir chupando la vena abierta de La Guajira.
Media Luna, primer semestre de 2012

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