Las motivaciones electorales de los guajiros simulan un carrusel en el que escogemos entre caballos, cabras, mulas u otros animales que van dando la vuelta al compás de cada jornada “democrática”. Cada especie va representando el perfil que va asumiendo el dirigente de acuerdo a las expectativas del ciudadano: Ese tiene plata, no va a robà; ese es del pueblo, es gente de uno; aquel roba, pero hace…en fin una comedia que tiene tantas explicaciones tomadas de una cultura plural.
El abuso de poder, la soberbia, el delfinazgo, la concentración de riqueza, la corrupción desbordante, la ambición en todas sus facetas y la disputa territorial de mafias electorales son las determinantes cada cuatro años o cada dos en la composición del poder territorial y parlamentario. Los señalamientos de donde provengan tienen el mismo lugar común, al fin y al cabo son los mismos con las mismas.
Para cada periodo de elecciones se polarizan las tendencias y se verbalizan las contradicciones endilgándoles comportamientos perversos a los que ostentan el poder. El motín de la “marina” abre la disputa y en la víspera se sabe quienes serán la carne de cañón. Lo raro es que abundan los improperios, pero escasean las denuncias, como si existiera un pacto secreto que impusiera un límite invisible para evitar que las familias ilustres se queden sin sus cuellos blancos.
La oposición se torna inexistente. Tres años dura el contubernio y la convivencia entre los actores del poder y en el ultimo año, próxima la elección empiezan las escaramuzas y se reactiva el carrusel pasando a los ojos de quien vota otra vez el “parapeto”, la nueva fauna surge en el imaginario: “el cambio”, “ahora si”, fraguando de paso una sensación de “otra vez nos equivocamos”.
El ciudadano en La Guajira está convencido del valor pragmático del voto, el sufragio útil es el que paga un favor, un nombramiento o una esperanza de ver resuelto en lo inmediato un asunto de sustento. Este convencimiento es el que da certeza de feudo electoral, no importa que sobre el dirigente pese inhabilidad o castigo por delitos políticos mientras su relación de poder refiera vínculos con el que gobierna. Allí la “palanca” funge como compensación moral.
Otro convencimiento que persuade al votante es la oportunidad de quedarse con algo del “político” en época electoral, por que pasada la campaña la distancia con la comunidad es insalvable. Por eso vender el voto es la única posibilidad de obtener algo de los dirigentes, muy a pesar de reconocer que el valor recibido proviene de los presupuestos públicos (gobernación o alcaldía) y casi siempre aportados por los contratistas. Es decir, sus conciencias son compradas con su propio dinero, “del mismo cuero salen las correas” pero algo queda…
El castigo termina fusilando al ciudadano que se deja utilizar por el rumor callejero, por el contenido de los medios de comunicación instrumentalizados para el poder, por la publicidad útil que seduce (gorras, camisetas, abanicos, vallas móviles, jingles, etc). Aturdido por la bulla quien vota traga entero y termina castigado por el castigo.
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