miércoles, 22 de julio de 2015

Frontera de pacotilla


@Riohachaposible – Angel Roys Mejia

En 1995 un grupo de entusiastas empresarios venezolanos presentaron una propuesta destacada por medios nacionales como El Tiempo que buscaba construir en un año un acueducto regional para beneficiar a los  municipios de Maicao, Uribia y Manaure financiado en un 80 por ciento con recursos privados cubriendo una tubería de 116 kilómetros desde el rio Guasare en el Estado fronterizo del Zulia, en ese entonces con un costo cercano a los 25 mil millones de pesos, más o menos el costo anual hoy para el Estado, del mantenimiento de la Represa del Ranchería sin entrar en funcionamiento.  El proyecto finalmente se hizo pacotilla en los protocolos binacionales.

Desde entonces y desde antes se ha venido haciendo pacotilla la fundamentación de un propósito político definido de frontera en un país que empezó a refundarse escondiendo las semillas en todo el centro y oculto en las montañas.

Por la misma época se protocolizó la conformación de una asamblea binacional fronteriza con participación de diputados zulianos y guajiros con una ambiciosa agenda de gestión. Pasado el tiempo la conjugación de voluntades se convirtió en un parapeto para beber wisky cada dos meses rotando el lugar de la francachela.

Riohacha y el Molino a la luz de la ley 191 de 1995 se constituyeron en Unidades Especiales de Desarrollo Fronterizo con el objeto de facilitar la integración de las comunidades vecinas, fomentar el establecimiento de actividades productivas y el intercambio de bienes y servicios e impulsar la libre circulación de personas y vehículos. De tal condición se ha aprovechado de modo residual y coyuntural la internación de vehículos venezolanos en los dos municipios, todo lo demás ha sido un saludo a la bandera.  

Entre tanto, la Universidad de La Guajira con más de tres décadas de fundada mantiene inminente su postura de darle espalda a las naturales condiciones de su entorno, sigue remando en el desierto y es difícil encontrar una tesis o investigación de sus doctores y maestros- cuya formación nos sigue costando a todos- que verse sobre el neurálgico tema de fronteras. Esto quedó en evidencia en el pasado ciclo de conferencias promovido a propósito de los 50 años del departamento, cuando la experta en temas fronterizos de la Universidad Nacional, Socorro Ramírez indicaba con desconcierto esta falencia de la Universidad fronteriza de La Guajira. Todo esto,  a pesar de la fuerte nómina de doctorados y maestrías cursados en universidades del Zulia que hoy orientan la academia peninsular.  

Los guajiros nativos y los migrantes históricos han desarrollado una actividad comercial con las islas del caribe y con plena conciencia del potencial existente en las 24 repúblicas independientes constituidas y con las que se comparte natural vecindad.

Con buena mar desde los puertos de La Guajira se puede llegar en 8 horas a Aruba. Mientras que para ir a la capital del país, por tierra a pesar de la inversión en infraestructura vial, toma más del doble de este tiempo. Sin embargo, el modelo centralista y la corta visión de la dirigencia regional que sigue obsesionada con las regalías y la displicente idea del servilismo institucional, siguen con el empeño de ponerle la cara al nordeste, solo para dormir el sueño de los justos. El vuelo directo a Aruba y Curazao inaugurado hace menos de un lustro y que categorizaba el carácter internacional del Aeropuerto Almirante Padilla de Riohacha sigue suspendido, otra muestra de los pocos pasos que se dan adelante y los muchos para atrás de otra pieza de la danza eterna de los cangrejos a la que seguimos sometidos.

La fama de contrabandista ha hecho quedar a los guajiros con el peso del remoquete pero sin sus ganancias. Del negocio del combustible por ejemplo, del cual según el Plan de desarrollo del departamento entran a Colombia cerca de un millón de galones de gasolina moviendo una cifra cercana a los 500 millones de dólares por año, hoy descollan la economía de poblaciones a lo largo y ancho del Cesar y en consecuencia en Cuatro Vientos a dos horas de Valledupar, se consiguen distribuidores de pimpinas ingresadas ilegalmente a un precio más bajo que en Cuestecitas en La Guajira.

En los límites con el Cesar, en la Paz el galón de gasolina vendido en surtidores cuesta mil pesos menos que en las estaciones de Riohacha y Maicao. Todo el combustible entra por las vías de La Guajira a pesar de los múltiples retenes que operan como bisagras, que solo suenan cuando no se “engrasan”.    

Aún persiste en el paisaje fronterizo de La Guajira la especulación cambiaria notable desde el combustible que se consume hasta en el pan venezolano que se vende indiscriminadamente en las carreteras. Hoy ni siquiera existen indicadores del creciente turismo de coyuntura que se desborda en centros de comercio de Maracaibo, en las playas de Margarita o en el uso del barato puente aéreo venezolano para viajar a otras latitudes.     

Ni este ni los gobiernos departamentales recientes se ha ocupado de establecer relaciones con el vecino más próximo como es el Estado venezolano del Zulia. Un consulado en Riohacha que es ocupado solo para protocolos, visados, permisos y fechas patrias; desestiman una oportunidad de elevar alianzas comerciales, institucionales, turísticas y de un gran ámbito, que a quien más favorecería seria a La Guajira en los potenciales renglones de intercambio.

En el plan de desarrollo 2012 -2015, frustrado desde sus inicios por la abrupta salida del gobernador se señalaba como paradoja perpetuada para todos los tiempos: “La frontera compartida entre el Estado Zulia y La Guajira siempre ha estado inmersa en la incertidumbre que se genera de la dualidad de la integración - conflicto, negociación - crisis de cada una de las naciones. La Guajira, como frontera se encuentra limitada por la no correspondencia de modelos de desarrollo en lo económico y las incompatibilidades de los intereses de las naciones.” Y a renglón seguido se ocupa el documento de la criminalización de la frontera con aspectos como el contrabando y el narcotráfico, fenómenos que siguen imponiendo la agenda política, financiando campañas y perfilando dirigentes. 

La responsabilidad del tema de fronteras en la estructura actual de la administración pública de La Guajira es totalmente accesoria, se reduce a un cargo de asesor con la dimensión de una corbata en el trópico. Se sitúa a la espera que desde el centro de las decisiones del país se dicten las “planas” para seguir transando pacotillas y desoír el clamor de pueblos hermanos que hace años reclaman un proyecto de unidad y verdadera integración.

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