miércoles, 1 de julio de 2015

El Agua llega los jueves (Ficción)

*Angel Roys Mejia -@Riohachaposible




Uno, dos, tres...contaba para mitigar el tedio los escalones de la escalera con el tobo a cuestas para llenar el depósito de agua del baño del segundo piso de la casa. Sabía que eran 10 y en el quinto encontraba un rellano de descanso; contar era el remedio para la resignación en 470 años padeciendo el mismo problema.

Catorce viajes eran necesarios para llenar el tanque de 20 galones. Esto de vivir deduciéndole a la factura del agua el sobrecargo por la prendida de la turbina, la lavada quincenal de la alberca y el recargo nocturno en la espera para la apertura y cierre del control para evitar el desperdicio, lo habíamos asumido con la misma resignación casi tres veces sesquicentenaria. Pero el agua llegaba los jueves, aunque no siempre y entonces vivíamos en vela cuando se retrasaba para la madrugada del viernes, o el sábado en la mañana o el anuncio tardío de que labores de mantenimiento obligaban la suspensión del servicio.

El agua cada día llegaba menos pero la factura crecía más. Empezamos a llenarnos de mitos. Había que purgar los controles para que cuando no hubiera agua se expulsara el aire, que ineluctablemente hacia mover el contador, superamos el asco de bañarnos con la “mona” – cuando el agua llegaba con turbiedad-, con paciencia de alquimistas aprendimos entonces a preparar el alumbre para aclararla un poco y precisamos los tiempos de asiento en los recipientes para almacenamiento de consumo en la preparación de alimentos. Sin embargo, seguíamos comprando agua potable de botellón para mitigar la sed. El servicio del agua no menguaba la economía doméstica, por el contrario, la golpeaba hasta la humillación.

Terminamos por hacernos los locos el día que a alguien se le ocurrió hacerle un análisis de laboratorio al agua y comprobar que contenía coliformes y materia fecal, entonces disimuladamente cuando había, se le echaba un chorrito de alcohol o de límpido para purificarla. Con razón los muchachos que lavaban la alberca decían que el barro que sacaban olía a m…

En otro sector del pueblo, en los Altos, el agua llega los martes y hasta promovieron una protesta porque se sentían discriminados por que su martirio empezaba con la semana. Inventaron un sistema de tubos metálicos por el que introducen mangueras ayudadas con turbinas para poder llenar sus albercas, luego de descubrir por fin que a ellos ni los martes les llegaba, porque el agua también padece sus lunes de zapatero, y para comenzar la semana no le alcanzaba el impulso de la gravedad para llegar a los barrios de arriba.

A los taxistas no les gusta transitar por los Altos los días martes, porque sus carros se desajustan al atravesar las calles con los resaltos que conforman la seguidilla de tubos que protegen las mangueras para que las llantas de los carros no las partan.

En el barrio Abajo donde abundaban los perros callejeros el tendero paisa de la esquina principal dicen que inventó una forma de evitar que los chandosos se orinaran en la puerta de su casa; con las botellas de gaseosa reciclables de dos litros que usaba para almacenar agua, notó un día que los animales al verlas ya no se recostaban en su puerta y evitaban la seba de su orina. Ahora su uso lo ha patentado todo el pueblo acabando con la mortificación de las amas de casa que cada día lavaban con Varsol y Creolina cada esquina como cura para la pestilencia.

Un taxista contaba como mito una realidad que hacia carrera en el pueblo: los asesores del alcalde éste y de los anteriores habían sugerido no arreglar el problema del agua porque eso acababa con la "tética" de contratar a través de la concesión, un sistema inventado para privatizar lo público o más bien para privar de lo público.

Vivíamos en zozobra y cada vez teníamos más recipientes para depósito: tarros de pintura, potes de mantequilla, latas de galletas, poncheras y poncheritas se llenaban cada noche presintiendo que el agua no llegara el jueves o se fuera un día para no volver; en cada potecito se pretendía eternizar su presencia.

Un jueves llegó un nuevo miembro de la familia y la alegría se juntó con el incremento en el presupuesto del agua. El baño, los teteros y todo su cuidado debía hacerse con agua purificada de botellón, porque con la "mona" nunca se sabía. La crianza con el agua semejaba un partido de fútbol con solo defensas; cuidando la piel del sarpullido producido por agua impura, aumentando la precaución para que en el baño él bebé no sorbiera agua y le produjera diarreas e hirviendo los pañales dos veces, una en agua cruda y otra en agua con cloro para que no se percudieran.

Donde mamá un jueves cada quince días se lavaba la casa con jabón azul que se hervía en poncheras para luego regarlo en los rincones para sacar las "atrancaderas" y alejar la mala situación. La casa limpia también se sentía después del jueves.

Nuestras mujeres esperaban el jueves para embellecerse: la keratina, el aliser, los masajes con sábila y otras fórmulas criollas; con la llegada del agua por todas las calles se veía el desfile de rulos de todos los tamaños y particularmente los que se hacían con el carrete del papel higiénico, nunca pasó por la mente de los industriales que lo producían, que el "hueso" de su artilugio se convertiría en elemento de primera necesidad de la cosmética femenina criolla.

Los carnavales los anticipábamos desde el jueves. Comprábamos en el mercado las bolsitas de “boli” para enfrentarnos con el combo del otro barrio, invertimos desde entonces la agenda de Baco, Momo y Arlequin empezando las fiestas con la mojadera antes de que se fuera el agua. Para los embarradores, disfraz traído por un navegante francés y constituido como epilogo de las fiestas populares, tocaba hacer la "vaca" para el carrotanque o pedirle al político menos duro, de los pocos que dan fuera de época electoral, como decía la abuela que en carnavales se escondía la vergüenza y que si era por la plata;  "al fin y al cabo del mismo cuero salen las correas".

Hoy volví a amanecer llenando potes, potecitos y poncheras, los rumores sobre el agua corren como rio buscando el mar, la vecina comentó anoche que había un daño y suspenderían el servicio. Entre tanto oigo el perifoneo del alcalde - familia, familia, evite el desperdicio de agua, notifique sus fugas en las acometidas y recuerde que de su pago  puntual depende que el agua sea potable y permanente - y dentro de mi les miento la madre y sigo en mi tarea.

Mientras miro llenar el balde, recuerdo que de niño el agua también llegaba los jueves. Había días que tocaba succionar el registro del contador, como hacen los “pimpineros” para ayudar la salida de la gasolina, se forjaba la paciencia con el tenue chorro de agua, aun no se había adaptado el tamaño de las turbinas para esos menesteres. El lujo de las casas no estaba en la fachada, los espacios generosos de habitación o en la cocina; estaba en el tamaño de la alberca.

Pero en un tiempo se regó como maldición el mito de que las albercas abiertas tenían “llamadera” y en una sola semana se ahogaron 15 muchachitos en el barrio Salaito. Desde entonces, el alma en pena de los angelitos anunciaba en la madrugada la llegada del agua. Del corazón de las madres se apoderaba una profunda melancolía al tener que asociar los lamentos que traía el viento con la “Triple Gota” firma que prestaba el servicio de administración del acueducto y el alcantarillado y que había decidido racionar por 100 años el suministro amparado en un pagaré que pasaban de alcalde a alcalde sin distingo de color o condición.  

Un día de marzo para la conmemoración del “día del agua”, un ambientalista aprovechando el descuido de los organizadores cambio la botella de agua pura del alcalde, por un envase comercial pero que contenía agua cruda de la que la “Triple Gota” nos vendía como potable. Padeció el pobre de tres días de cólicos y en su despacho decían que estaba de comisión. En privado, solicitó a su asesor jurídico que demandara a la empresa de agua potable que servía como proveedora de la alcaldía, pero este le respondió que eran de los principales aportantes de la campaña y aun no se le había pagado.   

Ninguno de esta generación ni de las anteriores se atrevía a beber agua de la llave. Cuando por alguna razón viajábamos a otra ciudad y nos ofrecían agua del grifo, mirábamos absortos el contenido con un miedo que revolvía las tripas, al fin y al cabo el efecto era el mismo, nuestro organismo se había habituado al agua saborizada de plástico del botellón y la ingesta del agua pura nos producía retorcijones. Evitábamos los “raspaos”, el agua de panela y limonadas que ofrecían en cada esquina; la sed en otras latitudes solo se resolvía con agua de botella o de bolsitas. Quedamos bautizados por un periodista “lengua de trapo” como la generación de “agua la perra” ante su imposibilidad decir correctamente la pauta original del agua perlada.

Los vendedores de filtros de ozono aparecieron un jueves como carpa de circo y se quedaron por dos décadas haciendo su agosto en nuestra tierra. Por las calles aún se escucha la oferta disponible de los últimos días ofreciendo la instalación gratis  y dos meses de prueba, no se conoce el primero que los haya devuelto. Dos problemitas tiene el invento: el primero es que su función se va con la luz y el otro es que su abuso está asociado a agentes cancerígenos, resultando entonces peor el remedio que la enfermedad.  

Recuerdo un dos de febrero que también cayó jueves el presidente visitó al pueblo y al paso de la virgen inauguraron por vigésima vez el acueducto, al abrir el hidrante el chorro salió tan fuerte que la virgen tuvo que repetir el milagro y dejó caer la corona para evitar que se inundara la fiesta. Para colmo de males, la presión que hace mover los contadores como locos, le propinó al presidente un golpe de chorro que lo elevó a tres metros de altura y lo sentó entre sus escoltas, dejándolo turulato y desconcertado. Un vecino que observaba el espectáculo lanzó la expresión de la semana que fue incorporada a la ocurrencia popular – “pa que sea serio y se organice” – Desde entonces el presidente movido por la ira y la soberbia ignoró al pueblo y lo condenó al olvido, pero como para desquitarse a los pocos días con la cadera aun aporreada, sentenció en un titular de prensa en el periódico de su familia: “¡que esa tal falta de agua en el pueblo, no existe!”

Lo que no dijo el presidente es que la vieja Mello le estaba pasando factura por que en voz baja y comiendo callao como le gusta a él había tramado con los señores de la Mina desviar el principal rio del pueblo,- porque eso si pueblo pobre sin mina no luce - con el cuento de que eso además favorecía el turismo quitándole el color chocolate que le daba al mar su torrente al desembocar. Al final el rio no se desvió, pero el dueño de la minera dijo como el presidente caribeño que ese plan quedaba suspendido “por ahora”.

Tan acostumbrados estábamos a bañarnos con potecitos y totumitas que perplejos quedamos en los días de la visita presidencial, porque por vez primera el chorro salió de la regadera. Fue tanto el sobresalto que creíamos que en vez de fortuna lo que se venía por la tubería era un cataclismo por el estropicio que se sentía. Pero no estábamos lejos de la realidad, el vendedor de lotería que vivía en el “Peo” nos contó que en su sector empezaron a salir gusanos, ratones, cucarachas y todo tipo de alimañas por los lavamanos, sanitarios y grifos.

Esos fueron los días en que estallaron las protestas. La ciudad resolvió el dilema del reciclaje de las llantas usadas, propio de los pueblos donde hay más carros que gente, empleándolas en las vías de hecho. En cada barrio existe una mancha oscura indicando que las vías fueron bloqueadas para presionar por el agua y por la luz. Fue tanto lo que se protestó que terminaron perrateando la indignación de la gente y ya quemaban llantas hasta para exigir que se bajara el precio del mondongo o de la cerveza. Pero aun ni así, se agotaba la reserva de resignación.

Los hermanos mayores de la Sierra Nevada de Santa Marta iniciaron un ritual de pagamentos donde nacen los ríos para contrarrestar los problemas que había traído el fenómeno llamado el “niño” por los hermanitos menores. En consecuencia se vino una “niña” cargando un diluvio como el universal y se desgajó un aguacero un jueves que se juntó con tres jueves más. Al segundo día de lluvia, los pelaos de la casa como era la costumbre empezaron a filtrar el agua en tinajas y en los botellones que se remendaban con pegante hecho de restos de icopor mezclado con gasolina, para luego hervirla y beberla con hielo y así cambiar por un tiempo el sabor a plástico del agua.


Los ríos se desbordaron y buscando su camino al mar llenaron las lagunas del pueblo que empezaron a recuperar su territorio atiborrado de casas y casuchas y en una semana había provocado un éxodo total. Flotando se veían los potes, poncheras y poncheritas mostrando su supremacía que se mantenía en el imaginario del pueblo en la escasez y en la abundancia. Al final, solo quedaba el mar como en el principio y el pueblo como decía el poeta tuvo que acudir a su carácter portátil para seguir buscando una tierra prometida donde su gente no siga esperando que el agua solo llegue el jueves. 

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