*Angel Roys Mejia -@Riohachaposible
Uno, dos, tres...contaba
para mitigar el tedio los escalones de la escalera con el tobo a cuestas para
llenar el depósito de agua del baño del segundo piso de la casa. Sabía que eran
10 y en el quinto encontraba un rellano de descanso; contar era el remedio para
la resignación en 470 años padeciendo el mismo problema.
Catorce viajes eran
necesarios para llenar el tanque de 20 galones. Esto de vivir deduciéndole a la
factura del agua el sobrecargo por la prendida de la turbina, la lavada
quincenal de la alberca y el recargo nocturno en la espera para la apertura y
cierre del control para evitar el desperdicio, lo habíamos asumido con la misma
resignación casi tres veces sesquicentenaria. Pero el agua llegaba los jueves,
aunque no siempre y entonces vivíamos en vela cuando se retrasaba para la
madrugada del viernes, o el sábado en la mañana o el anuncio tardío de que
labores de mantenimiento obligaban la suspensión del servicio.
El agua cada día llegaba
menos pero la factura crecía más. Empezamos a llenarnos de mitos. Había que
purgar los controles para que cuando no hubiera agua se expulsara el aire, que
ineluctablemente hacia mover el contador, superamos el asco de bañarnos con la
“mona” – cuando el agua llegaba con turbiedad-, con paciencia de alquimistas
aprendimos entonces a preparar el alumbre para aclararla un poco y precisamos
los tiempos de asiento en los recipientes para almacenamiento de consumo en la
preparación de alimentos. Sin embargo, seguíamos comprando agua potable de
botellón para mitigar la sed. El servicio del agua no menguaba la economía
doméstica, por el contrario, la golpeaba hasta la humillación.
Terminamos por hacernos los
locos el día que a alguien se le ocurrió hacerle un análisis de laboratorio al
agua y comprobar que contenía coliformes y materia fecal, entonces
disimuladamente cuando había, se le echaba un chorrito de alcohol o de límpido
para purificarla. Con razón los muchachos que lavaban la alberca decían que el
barro que sacaban olía a m…
En otro sector del pueblo,
en los Altos, el agua llega los martes y hasta promovieron una protesta porque
se sentían discriminados por que su martirio empezaba con la semana. Inventaron
un sistema de tubos metálicos por el que introducen mangueras ayudadas con
turbinas para poder llenar sus albercas, luego de descubrir por fin que a ellos
ni los martes les llegaba, porque el agua también padece sus lunes de zapatero,
y para comenzar la semana no le alcanzaba el impulso de la gravedad para llegar
a los barrios de arriba.
A los taxistas no les gusta
transitar por los Altos los días martes, porque sus carros se desajustan al
atravesar las calles con los resaltos que conforman la seguidilla de tubos que
protegen las mangueras para que las llantas de los carros no las partan.
En el barrio Abajo donde abundaban
los perros callejeros el tendero paisa de la esquina principal dicen que
inventó una forma de evitar que los chandosos se orinaran en la puerta de su
casa; con las botellas de gaseosa reciclables de dos litros que usaba para
almacenar agua, notó un día que los animales al verlas ya no se recostaban en
su puerta y evitaban la seba de su orina. Ahora su uso lo ha patentado todo el
pueblo acabando con la mortificación de las amas de casa que cada día lavaban
con Varsol y Creolina cada esquina como cura para la pestilencia.
Un taxista contaba como mito
una realidad que hacia carrera en el pueblo: los asesores del alcalde éste y de
los anteriores habían sugerido no arreglar el problema del agua porque eso
acababa con la "tética" de contratar a través de la concesión, un
sistema inventado para privatizar lo público o más bien para privar de lo
público.
Vivíamos en zozobra y cada
vez teníamos más recipientes para depósito: tarros de pintura, potes de
mantequilla, latas de galletas, poncheras y poncheritas se llenaban cada noche
presintiendo que el agua no llegara el jueves o se fuera un día para no volver;
en cada potecito se pretendía eternizar su presencia.
Un jueves llegó un nuevo
miembro de la familia y la alegría se juntó con el incremento en el presupuesto
del agua. El baño, los teteros y todo su cuidado debía hacerse con agua
purificada de botellón, porque con la "mona" nunca se sabía. La
crianza con el agua semejaba un partido de fútbol con solo defensas; cuidando
la piel del sarpullido producido por agua impura, aumentando la precaución para
que en el baño él bebé no sorbiera agua y le produjera diarreas e hirviendo los
pañales dos veces, una en agua cruda y otra en agua con cloro para que no se
percudieran.
Donde mamá un jueves cada
quince días se lavaba la casa con jabón azul que se hervía en poncheras para
luego regarlo en los rincones para sacar las "atrancaderas" y alejar
la mala situación. La casa limpia también se sentía después del jueves.
Nuestras mujeres esperaban
el jueves para embellecerse: la keratina, el aliser, los masajes con sábila y
otras fórmulas criollas; con la llegada del agua por todas las calles se veía
el desfile de rulos de todos los tamaños y particularmente los que se hacían
con el carrete del papel higiénico, nunca pasó por la mente de los industriales
que lo producían, que el "hueso" de su artilugio se convertiría en
elemento de primera necesidad de la cosmética femenina criolla.
Los carnavales los
anticipábamos desde el jueves. Comprábamos en el mercado las bolsitas de “boli”
para enfrentarnos con el combo del otro barrio, invertimos desde entonces la
agenda de Baco, Momo y Arlequin empezando las fiestas con la mojadera antes de
que se fuera el agua. Para los embarradores, disfraz traído por un navegante
francés y constituido como epilogo de las fiestas populares, tocaba hacer la
"vaca" para el carrotanque o pedirle al político menos duro, de los
pocos que dan fuera de época electoral, como decía la abuela que en carnavales
se escondía la vergüenza y que si era por la plata; "al fin y al cabo del mismo cuero salen
las correas".
Hoy volví a amanecer
llenando potes, potecitos y poncheras, los rumores sobre el agua corren como
rio buscando el mar, la vecina comentó anoche que había un daño y suspenderían
el servicio. Entre tanto oigo el perifoneo del alcalde - familia, familia, evite el desperdicio de agua, notifique sus fugas en
las acometidas y recuerde que de su pago
puntual depende que el agua sea potable y permanente - y dentro de
mi les miento la madre y sigo en mi tarea.
Mientras miro llenar el
balde, recuerdo que de niño el agua también llegaba los jueves. Había días que
tocaba succionar el registro del contador, como hacen los “pimpineros” para
ayudar la salida de la gasolina, se forjaba la paciencia con el tenue chorro de
agua, aun no se había adaptado el tamaño de las turbinas para esos menesteres.
El lujo de las casas no estaba en la fachada, los espacios generosos de
habitación o en la cocina; estaba en el tamaño de la alberca.
Pero en un tiempo se regó
como maldición el mito de que las albercas abiertas tenían “llamadera” y en una
sola semana se ahogaron 15 muchachitos en el barrio Salaito. Desde entonces, el
alma en pena de los angelitos anunciaba en la madrugada la llegada del agua.
Del corazón de las madres se apoderaba una profunda melancolía al tener que
asociar los lamentos que traía el viento con la “Triple Gota” firma que
prestaba el servicio de administración del acueducto y el alcantarillado y que
había decidido racionar por 100 años el suministro amparado en un pagaré que
pasaban de alcalde a alcalde sin distingo de color o condición.
Un día de marzo para la
conmemoración del “día del agua”, un ambientalista aprovechando el descuido de
los organizadores cambio la botella de agua pura del alcalde, por un envase
comercial pero que contenía agua cruda de la que la “Triple Gota” nos vendía
como potable. Padeció el pobre de tres días de cólicos y en su despacho decían
que estaba de comisión. En privado, solicitó a su asesor jurídico que demandara
a la empresa de agua potable que servía como proveedora de la alcaldía, pero
este le respondió que eran de los principales aportantes de la campaña y aun no
se le había pagado.
Ninguno de esta generación
ni de las anteriores se atrevía a beber agua de la llave. Cuando por alguna
razón viajábamos a otra ciudad y nos ofrecían agua del grifo, mirábamos
absortos el contenido con un miedo que revolvía las tripas, al fin y al cabo el
efecto era el mismo, nuestro organismo se había habituado al agua saborizada de
plástico del botellón y la ingesta del agua pura nos producía retorcijones.
Evitábamos los “raspaos”, el agua de panela y limonadas que ofrecían en cada
esquina; la sed en otras latitudes solo se resolvía con agua de botella o de
bolsitas. Quedamos bautizados por un periodista “lengua de trapo” como la
generación de “agua la perra” ante su imposibilidad decir correctamente la
pauta original del agua perlada.
Los vendedores de filtros de
ozono aparecieron un jueves como carpa de circo y se quedaron por dos décadas
haciendo su agosto en nuestra tierra. Por las calles aún se escucha la oferta
disponible de los últimos días ofreciendo la instalación gratis y dos meses de prueba, no se conoce el
primero que los haya devuelto. Dos problemitas tiene el invento: el primero es que
su función se va con la luz y el otro es que su abuso está asociado a agentes
cancerígenos, resultando entonces peor el remedio que la enfermedad.
Recuerdo un dos de febrero
que también cayó jueves el presidente visitó al pueblo y al paso de la virgen
inauguraron por vigésima vez el acueducto, al abrir el hidrante el chorro salió
tan fuerte que la virgen tuvo que repetir el milagro y dejó caer la corona para
evitar que se inundara la fiesta. Para colmo de males, la presión que hace
mover los contadores como locos, le propinó al presidente un golpe de chorro
que lo elevó a tres metros de altura y lo sentó entre sus escoltas, dejándolo
turulato y desconcertado. Un vecino que observaba el espectáculo lanzó la
expresión de la semana que fue incorporada a la ocurrencia popular – “pa que sea serio y se organice” – Desde
entonces el presidente movido por la ira y la soberbia ignoró al pueblo y lo
condenó al olvido, pero como para desquitarse a los pocos días con la cadera
aun aporreada, sentenció en un titular de prensa en el periódico de su familia:
“¡que esa tal falta de agua en el pueblo, no existe!”
Lo que no dijo el presidente
es que la vieja Mello le estaba pasando factura por que en voz baja y comiendo
callao como le gusta a él había tramado con los señores de la Mina desviar el
principal rio del pueblo,- porque eso si pueblo pobre sin mina no luce - con el
cuento de que eso además favorecía el turismo quitándole el color chocolate que
le daba al mar su torrente al desembocar. Al final el rio no se desvió, pero el
dueño de la minera dijo como el presidente caribeño que ese plan quedaba
suspendido “por ahora”.
Tan acostumbrados estábamos
a bañarnos con potecitos y totumitas que perplejos quedamos en los días de la
visita presidencial, porque por vez primera el chorro salió de la regadera. Fue
tanto el sobresalto que creíamos que en vez de fortuna lo que se venía por la
tubería era un cataclismo por el estropicio que se sentía. Pero no estábamos
lejos de la realidad, el vendedor de lotería que vivía en el “Peo” nos contó
que en su sector empezaron a salir gusanos, ratones, cucarachas y todo tipo de
alimañas por los lavamanos, sanitarios y grifos.
Esos fueron los días en que
estallaron las protestas. La ciudad resolvió el dilema del reciclaje de las
llantas usadas, propio de los pueblos donde hay más carros que gente,
empleándolas en las vías de hecho. En cada barrio existe una mancha oscura
indicando que las vías fueron bloqueadas para presionar por el agua y por la
luz. Fue tanto lo que se protestó que terminaron perrateando la indignación de
la gente y ya quemaban llantas hasta para exigir que se bajara el precio del
mondongo o de la cerveza. Pero aun ni así, se agotaba la reserva de
resignación.
Los hermanos mayores de la
Sierra Nevada de Santa Marta iniciaron un ritual de pagamentos donde nacen los
ríos para contrarrestar los problemas que había traído el fenómeno llamado el
“niño” por los hermanitos menores. En consecuencia se vino una “niña” cargando
un diluvio como el universal y se desgajó un aguacero un jueves que se juntó
con tres jueves más. Al segundo día de lluvia, los pelaos de la casa como era la
costumbre empezaron a filtrar el agua en tinajas y en los botellones que se
remendaban con pegante hecho de restos de icopor mezclado con gasolina, para
luego hervirla y beberla con hielo y así cambiar por un tiempo el sabor a plástico
del agua.
Los ríos se desbordaron y
buscando su camino al mar llenaron las lagunas del pueblo que empezaron a
recuperar su territorio atiborrado de casas y casuchas y en una semana había
provocado un éxodo total. Flotando se veían los potes, poncheras y poncheritas
mostrando su supremacía que se mantenía en el imaginario del pueblo en la
escasez y en la abundancia. Al final, solo quedaba el mar como en el principio
y el pueblo como decía el poeta tuvo que acudir a su carácter portátil para
seguir buscando una tierra prometida donde su gente no siga esperando que el
agua solo llegue el jueves.

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