domingo, 3 de diciembre de 2017

Autoridad



Al tomar temprano en la mañana un colectivo con destino al centro coincido con señoras que van a sus trabajos o a cumplir con diligencias personales. En el breve trayecto, arremeten los vendedores ambulantes, un mototaxista sobrepasa por el carril equivocado provocando un accidente, el conductor de adelante recoge un pasajero sobre el boulevar bloqueando el tráfico y la avenida se atiborra de vehículos parqueados en sitios prohibidos.
-Aquí lo que falta es autoridad. Dice una de las señoras en tono airado.

-Los conductores creen que todavía andan en burro. Exclama el chofer.

-En Bogotá apuesto que sí no lo hacen, porque saben que allá si se la aplican. Concluye la otra señora como para aderezar el sainete mediado por las urgencias personales, el calor y la impronta del vestido del inconformismo verbal que se pone de ruana a la actitud personal consuetudinaria de propios y extraños en nuestro particular cultivo.
Autoridad es uno de los mayores reclamos que ha hecho la sociedad a los gobiernos durante 30 años de alcaldes elegidos popularmente, quienes se han escudado en el populismo y la afectación de la imagen pública para no tomar decisiones que restablezcan el orden en la movilidad y en la recuperación de lo público y sus espacios.

Si regresamos al pasado, al origen mismo de las palabras, observamos la enseñanza que nos lega la etimología: AUTORIDAD. La palabra autoridad que viene del latín auctoritas, se derivó de auctor, cuya raíz es augere, que significa aumentar, promover, hacer progresar. Desde el punto de vista etimológico, autoridad es una cualidad creadora de ser, así como de progreso.



Sin embargo, la seguimos acomodando en sus acepciones más simples desde la interpretación que más nos conviene. Tiene mucho que ver con su uso en casa. Papas, abuelos, tíos o cualquier referente de respeto en la familia debe infundir autoridad para que la fratria no se salga del orden y no se subviertan los principios decimonónicos heredados por generaciones y hoy amenazados por normas de vanguardia.
A ello obedece que vivamos exigiendo autoridad de los demás, de lo externo. Pero que en la intimidad sigamos siendo arbitrarios, haciendo lo mismo. Que seamos obedientes en otras ciudades porque si hay castigo pero que en la nuestra no lo hagamos por que no se impone el criterio de la fuerza.
Hacer progresar es también autoridad y no justamente como hemos pretendido hacerlo en una ciudad que crece pero no se desarrolla, en la que los únicos que han tenido visión son los extranjeros, en la que los monumentos son utilería para selfies, sin mística y sin historia, la que ha sido casa de miles de desplazados que han triplicado su población con poco agradecimiento y mínima pertenencia y en la que fue tal la costumbre de contrabandear con todo, que su destino sigue siendo una pieza de valor mercantil que se transa por votos.
En tal sentido, se desean gobiernos autoritarios que sigan vestidos de popularidad. Que nos obliguen a hacer lo que debemos hacer, que arreglen nuestras obligaciones, que recojan la basura que botamos en las calles, que reparen el alumbrado que dañamos, que restablezcan los andenes y pavimentos que rompemos, pero que no nos toquen con sus órdenes, con su Autoridad por qué de inmediato lo ponemos en su sitio recordándoles que: «tamo en Riohacha».

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