lunes, 10 de junio de 2019

La cuadra de abigarrados colores.


Por Angel Roys Mejía

Resultado de imagen para ropa colgada en un patio

Los transeúntes que caminan por el frente evaden el arenero subiéndose a la terraza soportada en unas baldozas blancas y relucientes, es como si consiguieran un islote en medio de su naufragio en albero. En este largo verano parece que la tierra pariera mas tierra y conjugado con los vientos de marzo y abril simulan las dunas de la Alta Guajira. Pero no, es en la cuadra de un barrio de la comuna 4 de Riohacha que tiene una disputa histórica por su nombre. Unos lo llaman con orgullo Jorge Pérez y otros prefieren mantener su recelo y honrar a Edinson Deluque Pinto, líder comunal pionero en poblarlo. Aunque posean nombres distintos y tal vez no sean lo mismo, ambos viven en la misma frontera, al margen de la desmemoria.

Pocas casas construidas sobre la carrera, que entre las esquinas no cubre una distancia de 100 metros, los dueños tal vez guardan la esperanza que alguno de los gobiernos aliados a quien bautizó el sector, cumplan con la promesa de pavimentar los pedazos de andenes, calles y carreras que mantienen como baches cargados de olvido y desidia.

Un árbol de marañón ejerce su tutela con donaire; sabe que aquí no tiene la amenaza de Peñaloza. Sus ramas que crecen indiscriminadamente se han enmarañado con los cables de alta tensión, produciendo emergencias eléctricas atendidas con desgano por técnicos de Electricaribe. Entre tanto los colgajos de zapatos viejos usados para aislar los cables entristecen el horizonte evocando el pasado de sus dueños mientras la luz pasa entre los hoyos de sus suelas. Aquí no tiene los propósitos estéticos de otras latitudes donde recibe el nombre de “shoefiti”, algo así como grafitis hechos con zapatos para tejer un lenguaje con códigos secretos  en ciudades grandes y complejas marcando zonas para el consumo de sustancias psicoactivas o para señalar un triunfo en algún certamen deportivo callejero.

A pesar de la poca frecuencia de las lluvias, el marañon tiene una fertilidad próspera. Tres veces al año da frutos. El “bacan” de las gafas oscuras se apresura en afirmar con una jerga parecida a un rapeo que sus cosechas son aprovechadas por los niños famélicos que alternan su digestión con el vértigo de la trepada, los “chirretes” que mitigan las hambres de sus “trabas” lanzando piedras al árbol, los testigos de Jehová que lo emplean como pausa activa de su prédica agresiva dominical disfrutando su sabor astringente de vino de consagrar y la diáspora de venezolanos que van recogiendo todo, reciclando y renovándose.  Cuando los transeúntes se hastían del Marañon, se acumulan  los frutos anaranjados y rojizos que van cayendo perforados por las palguaratas, cotorras y palomas que llenan sus buches con su fruto carnoso y sus jugos, y se esparce un olor almizclado, “traboso”, envolvente, que satura el ambiente hasta la náusea y es allí cuando se completa el paisaje de la dejadez.

A mitad de cuadra un solo lote desocupado estuvo a punto de dar origen a una verdadera “guerra de tronos”. Su aspecto baldío, sin cerramiento y enmontado lo convirtió en terreno propicio para cambiar su uso de predio de engorde a basurero comunal. Allí ardió troya. La mujer del pescador, menuda y ligera, pero con una lengua versada y fluida como la de la niña Tulia de Sánchez Juliao, adoptó el lote para verter las vísceras de los pescados que traía su marido ambientando la cuadra con un hedor a marisco podrido, atosigante e incómodo. Selló la reclamación que pretendieron elevar sus vecinos con un grito de “manda a callá” que alegró tres cuadras a la redonda:

-Mientras eso sea un monte allí echo lo que me dé la gana, ¡nomejoda!

Días después el dueño intervino mandando a limpiar y encerrar el lote para anticipar la paz mundial y no fue necesaria la intervención de la JEP.

Los pocos metros que separan las calles polvorientas del mar, a la altura de la frontera de Marbella con Nuevo Faro, obliga mantener las casas cerradas para que los remolinos de arena arcillosa impulsados en vendaval no penetren las viviendas contaminándolo todo. Al caer la tarde, cuando el sol inicia su descanso empieza a fluir otra mezcla de olores penitentes y groseros. Provienen del matadero los unos, como si incineraran los cachos y pezuñas de las vacas. Los otros que forman un concierto de podredumbres se desprenden de los vertimientos de aguas residuales en su cascada de mierda al mar. No ha habido sanción de Corpoguajira, requerimiento de la procuraduría, ni presupuesto suficiente que conmine a los gobiernos populares que se han alzado con los votos en 30 años que de solución al problema de salubridad y el impacto negativo al medio ambiente y el turismo de las alcantarillas depositadas en el mar.  

El agua que en el centro llega todos los días en el Jorge Pérez se reduce a 4 horas a la semana obligando a los usuarios a abrir trincheras debajo de los registros instalados por la empresa ASAA para controlar el consumo. Con conexiones artesanales pegadas a las tuberías excavadas se “chupa” el agua para surtir los depósitos al interior de las viviendas y evitar padecer la sequía secular. Con el agua se inicia otra fiesta. La de las lavanderas de la cuadra que aprovechan para colgar en las cercas de alambre de pua la ropa acumulada, pintando con abigarrados matices que suben o bajan de tono según las prendas oreadas al sol y al nordeste.

Una perra negra mitad domestica mitad callejera con la piel lacerada por la sarna se mantiene en dos estados naturales: preñada o recién parida. Los desperdicios arrojados por los vecinos y el concentrado que en ocasiones le comparte una animalista la han salvado de sucumbir en sus propios huesos. En el mismo lote de la disputa tiene su cementerio privado, allí se han sepultado media docena de los cachorros paridos que no han alcanzado la suerte de encontrar hogar. Para evitar otro conflicto con la “niña Tulia”, la dueña, se ha frustrado la esterilización que como obra social han propuesto los moradores.
Las noches son alegres el fin de semana. La música de los equipos de sonido desborda las terrazas, salas y patios para relajar las tensiones de las duras semanas en las que el hambre acecha, los cobradiarios atosigan, los servicios se vencen, las despensas disminuyen; pero la champeta y el vallenato como religión devuelven la fe, redimen la esperanza. En los patios aun cantan los gallos en medio del feliz escándalo.

El desamparo familiar de los que padecen trastornos por el consumo de sustancias adictivas los ha obligado a hacer del parche una familia. Sobre el anden de una casa de la única madre consecuente, han dispuesto un anafe comunitario con un menú variado: sopas, asados, pescado frito o arroz de “todito” un tentempié con el que mitigan la ansiedad y el prurito de cuerpos que ya no se pertenecen, pero entre tabaco y vicio no han podido hacerle quite a la sensación que los persigue mas que la muerte, como es la de saciar sus estómagos vacíos.
El pescado que en otros sectores es un privilegio aquí es la salvación. Bocacolorás, pampanos, mojarritas, rayas y todo aquel producto de la pesca que no sea comercial, en la avidez de las cocinas con recursivos aliños y condimentos dan sabor a los manjares mas disimiles. Los olores volátiles de los guisos y fritos inundan las calles anunciando que uno de los “golpes” está dado y que con el desayuno se sabe como va a ser el almuerzo.

Las casas al cerrar sus puertas cada noche dan paso al milagro diario. Unidades habitacionales que constan de dos cuartos y un baño en el patio hacinan en su interior familias múltiples con mas de tres hijos que se acomodan a puerta cerrada de manera inexplicable y con la intimidad comprometida. El despertar diario es poblado por una horda de niños descalzos que encuentran en el juego un escape de fantasía a los desajustes emocionales de madres solteras o de padres prestados. Correr y jugar como huyendo en la “lleva”, el pote, el escondido, la bolita de uñita, la pelota de trapo o haciendo mandados para ganarse un boli o una merienda de menos de mil pesos.

La economía naranja por fin se ha tomado el sector. En la cuadra asoman hasta cuatro vitrinas con un bombillo interior de luz amarilla alumbrando empanadas, deditos, patacones, caribañolas y papas rellenas preparados con harinas de maíz o trigo y condimentados con color o achote dándole el apelativo a este modelo innovador del emprendimiento local.    Como una tendencia recursiva del subempleo que el Dane clasifica dentro de sus estadísticas para indicar que ha aumentado el ingreso de las familias del país y que ha disminuido ostensiblemente el desempleo.
El medio de transporte mas usual en la comuna es el mototaxismo. Suple la ausencia inveterada del sistema masivo de transporte en una ciudad de más de 300 mil habitantes que ha instituido la informalidad y la ilegalidad para resolver una necesidad latente de las sociedades modernas. Sin embargo, la proximidad de una moto enfrenta al usuario a un dilema que solo lo resuelve la suerte y el susto: o es mototaxi o es un atracador. Menos mal el paso por las dunas es restringido, prefieren ser prudentes, mas de uno no ha logrado maniobrar con tino y perdiendo el equilibrio han ido a dar al piso.

La cercanía del mar y la elevación de este lado de la ciudad que ha formado una especie de acantilado en la playa próxima ofrece un privilegio único por los vientos frescos que no cesan ni en las temporadas de mayores temperaturas. Una prerrogativa que da una suerte de resiliencia al vecindario para sortear los lentos pasos del progreso. Llegará el día en que la avenida la marina se prolongue hasta Camarones y se urbanice uno de los lugares mas bellos de la ciudad revolucionando la vivienda, con coberturas totales de los servicios esenciales, con calles y andenes pavimentados, con parques dignos, con mandatarios que por su legado valga la pena usar sus nombres como epónimos y con ciudadanos que hayan logrado sobreponerse a la miseria bailando, estudiando; transformándose y con los “tres golpes” completos.

Ejercicio de descripción en el taller  Cantos de Juya, Relata La Guajira. Junio de 2019 

  

   

   


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