En
el último lustro la conciencia electoral de los ciudadanos ha sido empoderada
por un actor determinante en la decisión del voto: la información difundida a
través de redes sociales y plataformas de información. Con ello se ha abierto
paso a una nueva forma de “dictadura” de opinión, en la que entran en juego
expertos y estudiosos en el manejo de datos que pueden crear a partir de los
sentimientos y pensamientos de los usuarios: debates imaginarios, polarizaciones
aguerridas, conflictos ideológicos, movilizaciones sociales y por supuesto,
decidir también la suerte de un territorio o país eligiendo mandatarios. Ejemplos recientes como los protagonizados
por la compañía británica de análisis Cambridge Analityca que usando los
datos y el “que estás pensando” de los usuarios de Facebook orientó las
estrategias para influir en el Brexit y en la elección de Trump a través de la
difusión de falsas noticias y la manipulación mediática sin ningún escrúpulo,
dan testimonio de ello.
En
la contienda regional se tiene una versión de república bananera de este
escenario. Por estos días circulan videos y audios que se convierten en virales
que introducen un relato nuevo como actor de las decisiones políticas al hacer
masivo un acuerdo parroquial debajo de la mesa entre una campaña y el elector
pactando bolsas de cemento, llantas, ladrillos o poniendo en ridículo con memes
o fragmentos de discurso las intervenciones de los dirigentes; esta deformación
del acto de legitimar opinión que tiene toda campaña proselitista convierte en
pasquín el concierto democrático y otorga un protagonismo en los
influenciadores, trastocando el deber positivo de la publicidad, convirtiéndola
en nefasta propaganda.

Esta
semana Transparencia Internacional presentó los resultados de un Barómetro
Global de Corrupción que indica que al 40 por ciento de colombianos le han
ofrecido sobornos por el voto. En una oportunidad se le escuchó decir a un
dirigente que luego fue alcalde sancionado, destituido y encarcelado, en uno de
los habituales congresillos en la ciudad de las “perlas”: “El que quiera ser
alcalde de Riohacha debe hacer como yo, más de 5 mil favores y listo”. El
“favor” es un dique que conspira contra el discernimiento ideológico, el voto
programático, la hoja de vida y el perfil del dirigente. Reduce la política a
la justa medida de la maquinaria y la transacción electorera y aplaza el
desarrollo de la sociedad.
Influenciadores,
publicistas y asesores fijan un orden inverso de los principios de la contienda
política desplazando la plaza pública, los argumentos, el debate y las
propuestas y en su lugar se va configurando una conciencia de alquiler,
sugestionable, que cree todo y no cree en nada, pero que tampoco quiere perder.
Una conciencia proclive al favor.
En
ese imaginario, un padre de familia desesperado por la falta de empleo y en
razón a que el carro que había ido pagando por cuotas y con el que se rebuscaba
como transportador se dañó, decidido, salió a ofrecer al mejor postor su negociación.
Su consigna segura era que quien le resolviera mínimo dos llantas, el
panorámico, el SOAT y la revisión técnico mecánica, le pondría a su disposición
el vehículo y sus votos. Una forma de alquilarse para votar.
Alrededor
de un puesto de votación el último domingo de octubre acucioso se movía
trasladando su compromiso pactado y luciendo las llantas, los documentos y el
panorámico sobre el que rezaba un adhesivo de identificación con el mensaje: ¡votando
y ganando!
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