A 31 años de la visita de Gabriel
García Márquez a La Guajira y a los 40 del mayor galardón de las letras
colombianas con Cien años de soledad se rememora el paso del nobel por
la tierra de sus ancestros en enero de 1991, cuando de incognito llegó a
Maicao, compartió con sus parientes Iguarán en la Ranchería La Paz y luego en
Riohacha en busca de los restos de las epifanías que habían dado origen al
universo de Macondo.
En Riohacha le encargó a su pariente
Ricardo Márquez Iguarán tres solicitudes muy puntuales: gestionar una visita a
la mina del Cerrejón, un patio donde pudiera sentarse en una mecedora a mamar
gallo y que le ubicaran a José Prudencio Aguilar, a quien había personificado
en su obra cumbre en un duelo mítico con José Arcadio Buendía, quien lo mató
atravesándolo con una lanza como cobro a la ofensa a su intimidad en el
redondel de una gallera.
Gabo había hecho un itinerario desde
México hasta Cuba, luego su transito hasta Venezuela para conversar con Carlos
Andrés Pérez, presidente de la nación y quien le prestó el avión presidencial
para trasladarse hasta Maracaibo y posteriormente, dirigirse por tierra hasta
la frontera con Colombia.
“Vine fue a comer friche, a recordar
el olor de la guayaba y a amanecer oyendo acordeón en las rancherías guajiras.
Y, además, a mamar gallo. Ya habrá tiempo para hablar de la Constituyente, la
paz y la literatura” declaró al diario capitalino El Tiempo, medio al que había
tomado por sorpresa esta visita no anunciada de la mayor figura de las letras y
uno de los artífices del boom latinoamericano.
En 2009 Víctor Bravo Mendoza en La
Guajira en la Obra de Gabriel García Márquez, tratado que significa la
relación del nobel con la tierra de sus mayores y que resalta como imbrica la
tradición, la cultura y el espacio guajiro en el compendio literario del
escritor, destaca en un álbum fotográfico un registro episódico del periplo por
Maicao y Riohacha; se observa a Gabo pleno en los agasajos ofrecidos por sus
primos guajiros, posando con un vaso en la mano y atento a la recreación de la retórica
fantástica tan familiar de las Úrsulas y Aurelianos.
Gabo vino poco a La Guajira, pero lo
narrado en su obra es como si nunca se hubiera ido, de allí afirmaciones como
la siguiente en Vivir para contarla su memoria novelada: “Fue el
primer viaje a mi Guajira imaginaria, que me pareció tan mítica como la había
descrito tantas veces sin conocerla, pero no pienso que fuera por mis falsos
recuerdos sino por la memoria de los indios comprados por mi abuelo por cien
pesos cada uno para la casa de Aracataca.”
Una de las coincidencias en el
recorrido de comienzos del 91 por territorio de La Guajira es que Ricardo Márquez
Iguarán, pariente anfitrión del escritor era compañero de tertulia y de trabajo
en Carbocol de Franklin Gómez Deluque, lo que terminó involucrándolos en el
vértigo de garantizar en tan breve instancia los pedidos terrenales del autor.
Casuística que también propició el dialogo entre dos genuinos narradores, el
Gabo de las letras y el Franklin de la tradición oral y la anécdota vernácula.
En el cabo de año de Franklin Darío
Gómez Deluque su familia ha emprendido la tarea de compilar sus anécdotas
documentadas durante más de 50 años en tertulias y entrevistas que al decir de
uno de sus oferentes, “si García Márquez hubiera tenido acceso a ese disco duro
hubiera narrado mil años de soledad”. Este compendio cuenta con el apoyo del
Fondo Mixto de Cultura y se espera, seguir gestionando voluntades para que la
obra conozca la risa y el goce de sus lectores.
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