miércoles, 6 de julio de 2022
Tintín el sinvergüenza
Habían pasado más de 6 meses desde que le propusimos a la “Beba” que nos prestara a Tintin para que pasara el fin de semana con nosotros. Su reacción fue una muestra de memoria intacta del afecto y del cariño. Pegó un brinco y se subió en los hombros de mi esposa, mientras su cuerpo no dejaba de temblar y el moñón de su cola reflejaba su alegre inquietud.
Había llegado hace 7 años a la casa metido en una diminuta caja de jugos habilitada con unos huequitos para respirar y una cobijita para el frío. Era un Pincher genuino, quienes nos lo regalaron lo habían enviado desde San Juan del Cesar, sur de La Guajira, con especiales recomendaciones en un carrito puerta a puerta.
Lo habíamos pedido atendiendo el deseo de mi hijo menor de tener una mascota. Le dimos muchas vueltas al asunto por que vivíamos en un apartamento en un segundo piso y sin patio. Mi hijo Ángel, con la tozudez propia de su carácter, puso a disposición su voluntad de criarlo y de ocuparse de enseñarle a hacer sus necesidades fuera y en horarios que coincidieran con los paseos. Su compromiso no superó la semana de adiestramiento.
Al comienzo era como tener un bebé en casa. Se orinaba y se hacía caca en cualquier parte. Me levantaba temprano a recoger las bolitas de popó y a poner periódicos encima de los orines.
Pasado unos días, tomé un periódico enrollado y empecé a llevarlo hasta donde había hecho sus “gracias” y lo reprendía. Luego le asigné un horario de salidas a las 6:00 am de la mañana y luego por la tarde al final de la jornada. Cuando me correspondía viajar o por alguna razón no podía hacerlo, se acercaba a la puerta de la habitación y la rasgaba con sus uñas.
En breve le fue tomando un inusitado cariño a la calle, no solo por sus apremiantes necesidades, sino por su animoso afán de correr desbocado y “guapearle” a niños y otros perros que deambulaban por la vecindad.
Al poco tiempo nos mudamos a una vivienda más amplia y se fue ensanchando en su vocación de vagabundo, altanero, y como mi esposa atinó a definirlo, un poco sinvergüenza, que lo hacía preferir a las perras viejas y callejeras que le trasmitían garrapatas. Siempre estaba alerta a puertas, portones y ventanas, luego le daban la oportunidad saltaba a la calle y no había poder humano para disciplinarlo. Cuando regresaba de hacer su gusto, se escabullía silencioso a buscar agua y comida para luego hacer su siesta.
Por esta costumbre fue hurtado la primera vez. Cuatro días sin saber nada de él. Desapareció sin rastro, nadie daba cuenta de su paradero. Publicamos una foto de él en Al Día, el diario más popular y de mayor circulación y justo el día en que apareció el reporte, regresó a casa en un deprimente estado de flacura y con muestras de haber sido retenido amarrado.
Por un tiempo, se abstuvo de callejear y de vagabundear. Situación que duró cuando mucho una semana, hasta que nuevamente se ensanchó en sus hábitos.
No tardó el día aciago en que desapareció sin rastro alguno y llegaban versiones que nunca creímos de atropellamiento. Transcurrido un año de su misteriosa pérdida, un vecino, el papá de la “beba” lo vio salir de una casa casi 40 cuadras distante de su sector. Lo llamó por su nombre y Tintin voló literalmente a sus brazos. Estaba en un estado deplorable, con muestras de maltrato y mal alimentado. Un niño quiso exigir que se lo devolviera, pero el le repuso con un argumento incontrovertible: mi hija se deprimió y estuvo muy delicada desde que perdió a su perro y ahora que lo encontré voy a llevarlo donde pertenece, - le dijo.
Nosotros habíamos perdido toda ilusión de recuperarlo y también desacostumbrado a la manutención de Tintin, nombre con que lo habíamos bautizado en honor al personaje del cómic que para mi respresentaba un héroe moderno. Además, Mariaa mi nieta recién nacida, con su tropel y vitalidad había copado nuestras vidas. Entre tanto, la Beba, se ocupó de él hasta el extremo de ponerlo a dormir en su misma cama.
Para Tintin esta era una situación novedosa, el que había decidido ser sinvergüenza, ahora tenía dos hogares.
Nos hemos vuelto a mudar, esta vez a nuestra casa, hay un patio amplio y mucha calle. Pero Tintin está muy bien mantenido. Ese día mi esposa quiso pasar a saludarlo, yo no quise bajarme del carro, no quería poner a prueba mi memoria afectiva. Desde el interior pude ver su alegria y dentro de mi corrió una lágrima tenue, tranquila. La Beba no se despegó de él, siente recelo. Con el tiempo he venido a caer en cuenta de que Tintin para ella es un pedazo de mi hijo del que no quiere desprenderse.
Pero por encima de todo, tranquiliza saber que Tintin el sinverguenza está en buenas manos.
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