jueves, 12 de mayo de 2016

Una tarde en el infierno

@Riohachaposible *



El recibo llegó el fin de semana del día de la madre. Lo oculté premeditadamente para no dañar el acontecimiento más festejado por la familia después de la navidad, a pesar de mucho que quise disimularlo, me perdí en el universo de lo legal y en  cómo actuar en una batalla épica en la que siempre me veía ganador, derrotando a la multinacional antifraude a la que el Estado colombiano concesionó el servicio de energía hace ya casi dos décadas.
Electrificadora del Caribe es una empresa española de energía eléctrica fundada en 1998, filial de Gas Natural Fenosa, que opera en la parte norte de Colombia y desde entonces ha provocado más desastres y cierres de vías que la guerrilla y los paras juntos. El patrimonio que recibió de las electrificadoras de la costa, todas liquidadas después de sobrevivir a administraciones precarias a cargo de cuotas de los políticos, argumento usado por la empresa hoy para justificar el déficit que aún no ha podido enderezar.

Pero bueno eso es harina de otro costal, del saco roto de la historia económica desjuiciada de Macondo. Volvamos al recibo del dolor de cabeza, aquel que me sacó la madre justo en su día.   Después de tres años de venir pagando un consumo promedio de 100 mil pesos, el recibo del mes de mayo llegó por más de medio millón.

Sin ser abogado, pasé todo el fin de semana estudiando modelos de derechos de petición y revisando normas sobre servicios públicos domiciliarios que ampararan mi batalla legal. Fotocopié  los recibos anteriores y  todas las actas de visita técnica de los operarios que reposaban en carpetas desperdigadas por los rincones de la casa y salí orondo como el renacuajo camino a la oficina de reclamos.

Luego atravesé el umbral de la puerta de vidrio observé las 16 sillas de atención al cliente repletas, las cinco de los módulos iguales y el triple de personas de pie, mis ínfulas de abogado triunfador se vinieron al piso. Al pedir el turno el dependiente sin mirarme me preguntó qué tipo de reclamo y al afirmarle que era por escrito hizo una mueca que no supe interpretar de momento, asignándome por fin el turno; miré el tablero electrónico y comprobé que faltaban 11 para llegar al mío.

Luego empecé a sentir esa sensación de ahogo que produce el confinamiento cargado de humores difíciles de gente de todos los rincones que viene a lo mismo, que sienten que además de no disfrutar de un buen servicio, le meten a uno la mano al bolsillo y le roban hasta el bienestar. El mismo tablero de los turnos comienza un bombardeo que se te va metiendo en la sangre; el primer mensaje con la imagen de Einstein te refiere la primera advertencia “la vida es como andar en bicicleta para mantener el equilibrio, debes seguir en movimiento”.  Ese equilibrio que cada vez que sonaba la alarma de cambio de turno exasperaba los nervios.  

De repente cuando no había pasado el primer turno que me antecedía, se va la energía y lo único que deja de funcionar es el aire. En breve todo empezó a dar vueltas y sicológicamente un olor azufroso se apoderó del ambiente todos los presentes iniciamos un barullo unísono en el que la conclusión era que ni ellos mismos se escapan de su penuria.
Las chaquetas de las operarias empezaron a desfilar camino al espaldar, lo que nos comunicó que el calor podía haber llegado para quedarse. Entretanto, el video de un oso panda que sube una y otra vez una montaña de nieve sin alcanzar la cúspide cuando resbala y cae fue otro mensaje subliminal dirigido sin misericordia a nuestras almas camino al purgatorio. Para ilustrarnos el oso dio paso al inventario de electrométricos en una tabla de consumo por kilovatios/mes para que nos perdiéramos en cálculos y en ejercicios a los que estamos acostumbrados. Yo mismo durante un tiempo establecí un estímulo en la merienda para mis hijos si ahorraban energía y se reflejaba en el recibo, esta estrategia fracasó en poco tiempo porque a pesar de los cortes de energía y continuas reparaciones, el recibo nunca bajó.

Los expertos en atención al público de la empresa terminan especializándose en todo lo contrario. Ninguno se atreve a establecer contacto visual contigo, ni siquiera simulan escucharte con interés, parecen saber en su interior que cualquier acto o gesto que comunique de parte de ellos puede ser el detonante para una reacción violenta. Por ello han decidido ser impersonales, autómatas, como un ordenador que lo resiste todo y su propia imagen es como las bolsas de aire de los carros, siempre listas para cualquier golpe.
El celular se agota de soportar la presión del tedio y se apaga. Empiezo a observar con curiosidad disimulada a las otras almas en pena, mientras el calor va en aumento y el ambiente es endulzado con un olor a café que introduce una fragancia dirigida a la paciencia. Pero el café no es para los clientes, una mujer mayor con uniforme de servicios varios pasea en una bandeja unos vasitos desechables para que sean degustados por las operarias, esto nos hace caer en cuenta de que son como nosotros, son de carne y hueso, son humanas.

Hago un breve paneo y me detengo en las sandalias de una morena de 80 kilos cuyos pies reflejan unos tobillos rajados por el alto kilometraje; del otro lado un joven con un celular de alta gama se pasea por un universo ajeno y caigo en cuenta de que Electricaribe no distingue clase social, nos tiene jodidos a todos en eso se basa el primer ciudadano Char de Barranquilla para reclamar seguramente con el propósito de tumbar la concesión y repartirla entre sus amigos políticos para volver a aquel pasado que la memoria no nos permite decir si fue mejor o peor.

Aparece un nuevo mensaje en la pantalla que violenta la secuencia de pertinencia: “sabías que las máscaras dispuestas en los aviones tienen oxígeno para 15 minutos”. Como si me abofetearan, reacciono concluyendo que llevo 2:40 minutos de espera y aún respiro.


Por fin llega mi turno, nada de lo escrito, ni los sustentos legales, ni el derecho de petición funciona para la ineludible razón de la empresa. “Usted tiene que pagar, porque ese es su consumo, lo único que podemos hacer es financiarle la deuda y si tiene dudas busque un técnico particular que le revise sus instalaciones eléctricas…” Casi tres horas para que una mujer más adiestrada por la experiencia de lidiar con caracteres de todo tipo me termine diciendo con una racionalidad kantiana lo que “tengo” que hacer dando por finalizada esta tarde perdida en el infierno.            

Articulo publicado en el portal web Guajirapress.com

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