@Riohachaposible *
El recibo llegó el fin de
semana del día de la madre. Lo oculté premeditadamente para no dañar el
acontecimiento más festejado por la familia después de la navidad, a pesar de
mucho que quise disimularlo, me perdí en el universo de lo legal y en cómo actuar en una batalla épica en la que
siempre me veía ganador, derrotando a la multinacional antifraude a la que el Estado
colombiano concesionó el servicio de energía hace ya casi dos décadas.
Electrificadora del Caribe
es una empresa española de energía eléctrica fundada en 1998, filial de Gas
Natural Fenosa, que opera en la parte norte de Colombia y desde entonces ha
provocado más desastres y cierres de vías que la guerrilla y los paras juntos.
El patrimonio que recibió de las electrificadoras de la costa, todas liquidadas
después de sobrevivir a administraciones precarias a cargo de cuotas de los
políticos, argumento usado por la empresa hoy para justificar el déficit que
aún no ha podido enderezar.
Pero bueno eso es harina de
otro costal, del saco roto de la historia económica desjuiciada de Macondo.
Volvamos al recibo del dolor de cabeza, aquel que me sacó la madre justo en su
día. Después de tres años de venir
pagando un consumo promedio de 100 mil pesos, el recibo del mes de mayo llegó
por más de medio millón.
Sin ser abogado, pasé todo
el fin de semana estudiando modelos de derechos de petición y revisando normas
sobre servicios públicos domiciliarios que ampararan mi batalla legal. Fotocopié los recibos anteriores y todas las actas de visita técnica de los
operarios que reposaban en carpetas desperdigadas por los rincones de la casa y
salí orondo como el renacuajo camino a la oficina de reclamos.
Luego atravesé el umbral de
la puerta de vidrio observé las 16 sillas de atención al cliente repletas, las
cinco de los módulos iguales y el triple de personas de pie, mis ínfulas de
abogado triunfador se vinieron al piso. Al pedir el turno el dependiente sin
mirarme me preguntó qué tipo de reclamo y al afirmarle que era por escrito hizo
una mueca que no supe interpretar de momento, asignándome por fin el turno; miré
el tablero electrónico y comprobé que faltaban 11 para llegar al mío.
Luego empecé a sentir esa
sensación de ahogo que produce el confinamiento cargado de humores difíciles de
gente de todos los rincones que viene a lo mismo, que sienten que además de no
disfrutar de un buen servicio, le meten a uno la mano al bolsillo y le roban
hasta el bienestar. El mismo tablero de los turnos comienza un bombardeo que se
te va metiendo en la sangre; el primer mensaje con la imagen de Einstein te
refiere la primera advertencia “la vida
es como andar en bicicleta para mantener el equilibrio, debes seguir en movimiento”. Ese equilibrio que cada vez que sonaba la
alarma de cambio de turno exasperaba los nervios.
De repente cuando no había
pasado el primer turno que me antecedía, se va la energía y lo único que deja
de funcionar es el aire. En breve todo empezó a dar vueltas y sicológicamente
un olor azufroso se apoderó del ambiente todos los presentes iniciamos un
barullo unísono en el que la conclusión era que ni ellos mismos se escapan de
su penuria.
Las chaquetas de las
operarias empezaron a desfilar camino al espaldar, lo que nos comunicó que el calor
podía haber llegado para quedarse. Entretanto, el video de un oso panda que
sube una y otra vez una montaña de nieve sin alcanzar la cúspide cuando resbala
y cae fue otro mensaje subliminal dirigido sin misericordia a nuestras almas
camino al purgatorio. Para ilustrarnos el oso dio paso al inventario de
electrométricos en una tabla de consumo por kilovatios/mes para que nos
perdiéramos en cálculos y en ejercicios a los que estamos acostumbrados. Yo
mismo durante un tiempo establecí un estímulo en la merienda para mis hijos si
ahorraban energía y se reflejaba en el recibo, esta estrategia fracasó en poco
tiempo porque a pesar de los cortes de energía y continuas reparaciones, el
recibo nunca bajó.
Los expertos en atención al
público de la empresa terminan especializándose en todo lo contrario. Ninguno
se atreve a establecer contacto visual contigo, ni siquiera simulan escucharte
con interés, parecen saber en su interior que cualquier acto o gesto que
comunique de parte de ellos puede ser el detonante para una reacción violenta.
Por ello han decidido ser impersonales, autómatas, como un ordenador que lo
resiste todo y su propia imagen es como las bolsas de aire de los carros,
siempre listas para cualquier golpe.
El celular se agota de
soportar la presión del tedio y se apaga. Empiezo a observar con curiosidad
disimulada a las otras almas en pena, mientras el calor va en aumento y el
ambiente es endulzado con un olor a café que introduce una fragancia dirigida a
la paciencia. Pero el café no es para los clientes, una mujer mayor con
uniforme de servicios varios pasea en una bandeja unos vasitos desechables para
que sean degustados por las operarias, esto nos hace caer en cuenta de que son
como nosotros, son de carne y hueso, son humanas.
Hago un breve paneo y me
detengo en las sandalias de una morena de 80 kilos cuyos pies reflejan unos
tobillos rajados por el alto kilometraje; del otro lado un joven con un celular
de alta gama se pasea por un universo ajeno y caigo en cuenta de que
Electricaribe no distingue clase social, nos tiene jodidos a todos en eso se
basa el primer ciudadano Char de Barranquilla para reclamar seguramente con el
propósito de tumbar la concesión y repartirla entre sus amigos políticos para
volver a aquel pasado que la memoria no nos permite decir si fue mejor o peor.
Aparece un nuevo mensaje en
la pantalla que violenta la secuencia de pertinencia: “sabías que las máscaras dispuestas en los aviones tienen oxígeno para
15 minutos”. Como si me abofetearan, reacciono concluyendo que llevo 2:40
minutos de espera y aún respiro.
Por fin llega mi turno, nada
de lo escrito, ni los sustentos legales, ni el derecho de petición funciona
para la ineludible razón de la empresa. “Usted
tiene que pagar, porque ese es su consumo, lo único que podemos hacer es
financiarle la deuda y si tiene dudas busque un técnico particular que le
revise sus instalaciones eléctricas…” Casi tres horas para que una mujer
más adiestrada por la experiencia de lidiar con caracteres de todo tipo me
termine diciendo con una racionalidad kantiana lo que “tengo” que hacer dando
por finalizada esta tarde perdida en el infierno.
Articulo publicado en el portal web Guajirapress.com


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