@Riohachaposible Angel Roys Mejia

Los rostros de líderes de
barrios, soldados de las batallas libradas en el presente y pasado electoral de
La Guajira; cicerones que le han puesto
el pecho al fraude, que han soportado en sus hombros el enriquecimiento doloso
de sus dirigentes siguen siendo las caras que se ven en cada convocatoria de la
avalancha movilizadora del Sí. En el No existen también, aunque resguardados en
el casi anonimato por la desigual composición de los comités promotores que van
de 10 a 1.
El plebiscito, una decisión
que involucra a todo el pueblo colombiano tiene particulares ribetes en La
Guajira. Coincide con la convocatoria a elecciones atípicas en medio de la peor
crisis de valoración de lo público mientras comisiones de fiscales hurgan en
los contratos y sobre lo actuado por funcionarios como si la cueva de Rolando
en que se ha convertido Colombia se distrajera y diluyera en el “circo Romano”
que es La Guajira para el país.
Pero tú tranquilo. Aquí
habrá elecciones y la competencia por la suerte de “baloto” que es La
Gobernación se disputará entre los sectores que más logren suscribir acuerdos
económicos con los alfiles dignos de la fe comunitaria resolviendo
individualidades a través de fórmulas médicas, cemento y todo tipo de
calamidades que se visibilizan en cada certamen electoral. Allí se agota el
descontento por la clase política, se sepulta bajo la seducción de una Toyota
Prado y se mueve en una Coopetrana. Todo quedará nuevamente consumado y durante
el tiempo que resta, en cada esquina, en las bancas de los parques y en el
hambre secular que no da espera se seguirá rumiando la utopía, que tiene la
propiedad de camuflarse cada vez que ve un billete sonreírle desde una mochila.
Los Ñoños, los Char, los
Gerlein y por supuesto los Jorges están convencidos de convencer a sus huestes
por el Sí, mientras les permitan seguir reinando en los corazones de los pies
descalzos. Sin embargo, el Si tiene ese
carácter del colombiano que le ha permitido reivindicarse a sí mismo,
sobreponiéndose al interés del presidente de untar su vapuleada imagen del
pundonor de la patria y de no mancillarse con la mermelada que extravió los
escrúpulos de los prohombres de provincia entre el “chocorazo” de Padilla y la
elección de la primera mujer gobernadora de estas tierras.
A ella, que mantiene el alma
en vilo por una tutela, se le vio posar con un banner de Si a la Paz antes de
que el Consejo de Estado ratificara su fallo y diluyera como agua en las manos el
último resquicio de su ilusión. Pero este Si a la Paz que resiste estoico los
embates del Uribismo tiene los callos bien puestos para no inmolarse con la
tropelía del oportunismo, para no desteñir el tricolor que se posa en cada
frente como un miércoles de ceniza estable y permanente.
El voto plesbicitario
es un acto de conciencia histórica. Las elecciones de noviembre un burdo negocio. El voto será más caro desde
luego, la crisis en vez de cuestionar los cimientos del sistema, ha obrado como
cotizador perverso del valor del sufragio. Las esclusas presupuestales de la
gobernación que dinamizan tantos sectores, este año han estado cerradas
golpeando el ingreso de familias enteras, bajo la premisa de un arriero paisa
que vino a resolver el hambre sembrando penurias. La respuesta mecánica y
libreteada de la clase política local es polarizar el hambre para ver quién
puede sacar mayores dividendos. Esto no alcanzará a resolverse con el
plesbicito, pero permitirá seguir soñando con que algún día la voluntad
colectiva se apropie de su sino.
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